Las alas de la vida


Carlos Cristos, médico de familia. Con 47 años le diagnostican una enfermedad neurodegenerativa poco habitual y letal a corto plazo. Sin tratamiento conocido, desde los primeros momentos es consciente de la situación en la que se encuentra y decidido a documentar esta última experiencia, sin duda la más importante de su vida, contacta con el director Antoni P. Canet, en el que deposita el encargo de acompañarle a través de su experiencia y grabar ésta con el fin de que perdure como testimonio. Es el propio Cristos el que dice: “A todos nos quitarán todo, no nos llevaremos nada, dejaremos hecho para los demás, nuestra única forma de trascendencia.”

Algunos antecedentes de Carlos: médico de familia, científico, agnóstico -pronto deja de acudir a la iglesia en el seno de una familia creyente-, volcado en la ayuda a los demás y con una curiosidad innata por todo cuanto le rodea. Se nos presenta un hombre plenamente responsable ante la realidad que debe afrontar, dueño de su muerte y de las postrimerías de la existencia. Afronta la muerte con curiosidad, humorismo, lucidez y circunspección, dando ejemplar valor al único escenario en el que actuamos: la vida.

Carlos no era la clase de persona que, confrontada brutalmente con la muerte, cambia radicalmente su visión de las cosas. La muerte se le presenta como un proceso natural tantas veces visto en otros, aunque no por ello aliviado de incertidumbre; un fenómeno que, en perspectiva, inyecta de vitalismo cada segundo de existencia que se vive bajo su sombra. Bajo la sombra de ese árbol inabarcable, temido y desconocido parece como si la vida se inflamase.

El documental nos introduce en la intimidad de Cristos con una naturalidad pasmosa, al tiempo que no tardamos en conectar con su historia. En ella no se esconden los momentos de flaqueza, absolutamente normales y parte indivisible del proceso de morir. Vemos como el equipo se instala en su rutina: colocación del instrumental cinematográfico, consejos de actuación frente a la cámara, elección de música para el resultado final, etc., elementos todos que contribuyen a crear una atmósfera de cercanía y espontaneidad. Con la crudeza propia de la historia, sin sentimentalismo ni dramatismo al efecto, somos testigos de todo un proceso que en nuestros días está oculto por completo, al que muchos médicos -denuncia que se deja caer- ven como un fracaso ante el que no admiten los límites de su acción y que produce en ocasiones un ensañamiento terapéutico intolerable y obstinado.

Asistimos al implacable deterioro de su cuerpo; le acompañamos en su visita a diferentes personas que encarnan maneras distintas de encarar la vida y la muerte: científicos, médicos, religiosos; escuchamos a su entorno más cercano: familia, terapeutas, cuidadores, amigos; conocemos un poco cómo ha vivido y cómo quiere morir Carlos Cristos: quiere morir sin dolor y sin prolongar lo inevitable innecesariamente, sin sacerdotes cerca ni ritos sobre una materia que ya no es él, pero con la esperanza de encontrar la eternidad en el último instante.

Quiso morir con dignidad y contagiar humanidad a aquellos que se asomen a su trance.

Título: Las alas de la vida
Año: 2006
Web
Entrevista

Soy lo peor

La primera vez que la escuché fue gracias a un amiga : ella la conocía en persona por haber estado trabajando de camarera en un bar de Madrid, y escucharla todas las noches cantar, mientras servía las copas al personal. Aunque no eran amigas (más bien todo lo contrario) me dijo que le gustaba mucho su voz y que el bar se llenaba siempre que ella cantaba. (Aunque viendo su sensual imagen no es de extrañar).
Ha recorrido, y lo sigue haciendo, muchas salas de Madrid con la guitarra. Tiene además de una larga trayectoria musical cantando en directo en salas de Buenos Aires y México, países en los que vivió un par de años. Ya tiene dos discos en el mercado, el primero titulado  "Ya no soy moderna" y el  segundo, que ha salido a la luz hace poco y que ya se ha oído por alguna emisora  : “Lo que dicen en las pelis”...
Lo primero que llama la atención de Silvina es lo exuberante de su figura : labios carnosos con un jugoso carmín rojo (gloss que dicen ahora los de Loreal), flequillo marcado, una larga melena oscura, faldas, pañuelos, gafas y diademas todo muy pin-up.
Después de la radiografía que todas las chicas hacemos al encontrarnos una  mujer de estas características, tuve que reconocer que tiene una voz diferente, que en ocasiones parece forzada pero que me parece especial, una peculiar y expresiva manera de interpretarlas y unas letras pegadizas que sobre todo hablan de desamor y que en muchas ocasiones no concuerdan con la frívola imagen que proyecta. Por eso me parece divertida : es como una caja de bombones con lazo pero con un lado friki y excéntrico.

Su primer disco tiene temas muy pegadizos, con letras divertidas y también sensualidad y desparpajo. Corona de flores, Ya no soy moderna o Llorará la luna son algunos de sus temas más escuchados y vistos en Youtube . Hace poquito que ha publicado su segundo disco, con el tema Soy lo peor como abanderado y presentación.

Espero que el video os haga sonreir porque es la pura imágen de la pereza que invade el desamor.... ;)

   



   



 De los juguetes que tenía de pequeña, el que más recuerdo era un sencillo juego de fichas cuadradas de madera, lisas en una cara y con un elemento en la otra: un coche, una casa, una trompeta, una manzana….algo básico. La gracia del juego residía en que todo estaba repetido por parejas y cuando las ponías boca abajo conseguías un tapiz homogéneo que ocultaba las imágenes. Era a base de dar la vuelta a dos fichas a la vez y observar bien los resultados cuando ibas eliminando los pares de cada cosa. Pues bien, últimamente tengo la impresión de que podríamos hacer ese juego de encontrar parejas dentro de la extensa lista de películas de Woody Allen, unificadas en la superficie por los temas del amor y la vida en la ciudad, entre otros. Quizá es sólo una impresión e incluso a lo mejor es un punto de partida erróneo, pero a mí me va a servir para el post de hoy y seguro que a algunos de vosotros os servirá de excusa para disfrutar de nuevo de su filmografía.

    Algunos habían ya señalado al hablar de Macht Point su similitud con Delitos y Faltas por escoger en ambas los dilemas morales como motor de la trama. Ya tenemos una. En mi opinión, Allen, cual Alicia, juega a través de los espejos en La rosa púrpura del Cairo al igual que en Medianoche en París. La segunda pareja. En las dos, propone un juego constante entre realidad y ficción, en un caso, y presente y pasado, en otro. Una oda al escapismo para abandonar la crudeza de la vida, en el caso de Cecillia, o por la falta de claridad en el rumbo que queremos que tome ésta, en el caso de Gil. En definitiva, el conflicto entre lo que es y lo que queremos que sea y la ficción que viene a rescatarnos en ambos casos. Hay que reconocer que estos planteamientos, pueriles en ocasiones y completamente rocambolescos en otras, si a alguien le pueden funcionar es a Woody, como sucede en el caso de estos dos títulos, creando pequeñas piezas de juguetería antigua con sencillez ingenua y delicadeza a partes iguales, porque, una vez quebrantadas las reglas, las posibilidades son infinitas si sabes cómo jugar con ellas.

    Personalmente, pese al refinamiento y la belleza estética de la última, yo me quedo con la reflexión casi filosófica entre realidad y ficción, entre persona y personaje, entre la perfección de lo imaginado y la imperfección de la irrealidad (“Acabo de conocer a un hombre maravilloso; es de ficción, pero no se puede tener todo” dice Mia Farrow en un momento de la película), la agudeza de los diálogos, el poso melancólico de la primera y los guiños a la época dorada del cine. Desde el momento en el que el personaje, Tom Baxter abandona la pantalla, comienza a mi entender lo mejor de la película: las escenas en el cine, ver cómo los personajes no saben qué hacer acostumbrados a un guión, los diálogos, las reflexiones, la interacción con el público, presentándonos en estos fragmentos a un Woody Allen para mí de una calidad muy alta. Para la “relectura” parisina, Allen, quizá por el tono más amable que va adquiriendo su cine con los años, opta por el final feliz que no se permitió para La Rosa…dejándonos una escena final maravillosa pero dolorosamente realista, con los ojos brillantes de Cecilia de nuevo en la oscuridad de un cine, emocionados no sabemos muy bien si por descubrir una nueva fantasía (mecida en los brazos esta vez de Fred Astaire) o por la emoción que le produce el que un sueño que ha tocado con la punta de sus dedos de nuevo se haya desvanecido. Cecilia está en realidad enamora del cine, no sólo de un actor o un personaje, (“I´m in heaven” suena de fondo en las primeras escenas como reflejo de lo que siente cada vez que entra en la sala a oscuras), del mismo modo que Gil se enamora de París (en todas sus “dimensiones”).

    Quizá vosotros hayáis empezado a jugar a esto antes que yo, así que os propongo que pongamos en común nuestros resultados…si no es así, ya sabéis, probad suerte, levantad dos fichas y observad los resultados. Buen cine a todos.


Las simples cosas

Una vez más me detengo a escribir y vuelven las mismas preguntas de siempre. Una me recrimina no haber elaborado esta 'entrada' con más tiempo (¿alguna vez seré previsora y no trabajaré “bajo la presión” de los límites del tiempo? ¡Con qué facilidad se esfuman algunas buenas intenciones!); la otra me cuestiona el tema (¿le interesará a alguien lo que aquí escriba? Es más, ¿nos lee alguien? ¿Hay alguien ahí? ¿El que calla otorga?). Y una vez más me encuentro sin respuesta satisfactoria (¿la necesito?). Y es que hoy mi cabeza alberga una jaula de grillos, sin que ninguno mantega la quietud necesaria que me permita atraparlo. Y, sin embargo, es tan simple: “No preguntes… no cuestiones… no te metas en follones...”, ¡déjate ir! Dejar... ¡qué palabra tan bonita!
Y dicho y hecho. Al instante viene en mi ayuda Italo Calvino y el comienzo de “Si una noche de invierno un viajero”, una de sus deliciosas novelas, a la que me gusta volver de cuando en cuando. Y así, con paso lento me encamino a la estantería y la recupero, porque quiero asegurar que no me falle la memoria. Y ahora, de forma simple, y más por mí que por ustedes, voy a transcribir y seguir tan sabias instrucciones (no todas, evidente, el lugar no lo permite).
“Estás a punto de comenzar a leer…Relájate. Concéntrate. Aleja de ti cualquier otra idea. Deja que el mundo que te rodea se esfume en lo indistinto. La puerta es mejor cerrarla; al otro lado siempre está la televisión encendida. Dilo enseguida, a los demás: “¡No, no quiero ver la televisión!”. Alza la voz, si no te oyen: ¡Estoy leyendo! ¡No quiero que me molesten!”
Adopta la postura más cómoda: sentado, tumbado, aovillado, acostado. Acostado de espaldas, de lado, boca abajo. En un sillón, en el sofá, en la mecedora, en la tumbona, en el puf  (...)
Regula la luz de modo que no te fatigue la vista (…). Trata de prever todo lo que pueda evitarte interrumpir la lectura. Los cigarrillos a mano, si fumas, el cenicero. ¿Qué falta aún? ¿Tienes que hacer pis? Bueno, tú sabrás.
No es que esperes nada en particular de este libro en particular. Eres alguien que por principio no espera ya nada de nada. Hay muchos, más jóvenes que tú o menos jóvenes, que viven a la espera de experiencias extraordinarias; en los libros, las personas, los viajes, los acontecimientos, en lo que mañana te reserva (…)"

Y sigue por espacio de cuatro páginas más, lectura que aconsejo hagan ustedes mismos siguiendo y, a ser posible, probando alguno o varios de los consejos que generosamente brinda el señor Calvino. Yo aún me atrevo a seguir "usando" (que no abusando) las palabras de otro, porque en numerosas ocasiones reflejan simple y acertadamente lo que yo pienso o siento. No es pereza, aunque puede que también; es... ¿nostalgia?

Relájate. Concéntrate. Busca una idea. Deja que el mundo que te rodea se esfume… (difícil, seguro que, cuando más inspirada esté, vendrá alguien, siempre pasa). Adopta una postura cómoda (umm, ya está). Dejo la vista perderse a lo lejos, recorro la sala aún semivacía en busca de un recuerdo que me atrape; en los ventanales se asoma el otoño, la tarde está gris, quizá llueva… Una idea. No vale cualquier cosa. ¿Por qué resultará tan difícil ver, disfrutar y entender que la mejor opción es siempre la más sencilla? Esta tendencia a complicarse la vida…
Lo importante no es cómo se empieza, es cómo se acaba (gran frase que, dependiendo de la situación y de quién la verbalice, puede sentar fatal pero, como la digo yo, no hay caso).
“Uno vuelve siempre a los mismos sitios donde amó la vida..."
Chavela y ‘Las simples cosas’, poema del argentino Armando Tejada Gómez. Mercedes Sosa también la interpretó, y Buika. Las tres me gustan mucho, pero en este caso, si hoy me dan a elegir, me quedo con Chavela (bueno, hay partidas que siempre ganará Chavela)



"Uno vuelve siempre a los mismos sitios donde amó la vida..." Volver a un lugar, a un libro, una canción o una película, rincones con los que me gusta reencontrarme, porque al hacerlo recupero momentos, emociones, gentes que disfruté mucho y que me impulsaron hacia alguna o ninguna parte; en ocasiones incluso me descubren detalles que no supe ver en su momento. ¡Qué difícil elegir! Aunque debo confesar que alguno de estos retornos no ha sido del todo afortunado, también confieso la seguridad que hay muchos que jamás me decepcionarán, o sí, pero se lo perdonaré.

La tarde ya ha caído. La sala vuelve a estar semivacía. Las luces pronto empezarán a perder su intensidad y todo quedará en silencio. Llega el momento de recoger. Pido disculpas, lo que se me ocurre ya es sólo para mi. Les dejo y me dejo llevar por la armónica de Ismael Lo


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