Four Lions


Four Lions (2010) de Christopher Morris es una de esas rarísimas ocasiones en las que la inteligencia se alía con el humor para crear un artefacto explosivo que desconcierta y descoloca a partes iguales.
La historia de cuatro británicos musulmanes que planean un atentado en Londres se convierte en una bomba que explota en la cara del demonio occidental que nos domina: el discurso políticamente correcto. La onda expansiva revienta, de paso, el fanatismo absurdo que lleva a ciertas gentes a encintarse con explosivos esperando que su acción les lleve al paraíso en bussiness class.

La explosión que Morris provoca no deja títere con cabeza. Caen bajo la metralla el fanatismo musulmán - representado por los incompetentes jihadistas- y la policía británica, que con igual incompetencia trata de contrarrestar la macabra idiotez de los primeros. Literalmente vuela por los aires las motivaciones de los mártires a base de reducir sus argumentos al absurdo y les infantiliza para presentarlos como retoños jugando con un fuego purificador que les desnuda en toda su imbecilidad.

La película transcurre entre exquisitas brutalidades llenas de humor negro y unos diálogos que recuerdan en ocasiones a los Monty Phyton, cuyo espíritu sobrevuela la cinta. Cuervos-bomba, hombres-bomba disfrazados de tortuga ninja, ovejas víctimas de atentados involuntarios, policía inepta que tiene problemas para diferenciar un wookie de un oso.

No recomendada para mentes débiles y cerradas, supone un admirable atentado contra la común forma de hacer cine que impera hoy en día. Sin miedo a levantar pasiones en contra ni a escocer, Morris hace gala y reivindica una manera de hacer crítica humorística necesaria en estos días en los que se nos repite como un mantra eso de "Nunca olvidar" -que hay que pronunciar con cara de concentración trágica-, de héroes de uno y otro lado, envueltos en una carrera criminal llena de nauseabunda y abundante propaganda. Se ríe y pone en solfa a todos con la estupidez humana infinita como bandera de sus actos.


El bajista y escritor Bill Crow publicó en 1990 uno de los libros de jazz más divertidos que existen: "Jazz anecdotes" (Anécdotas del jazz), con cuentos, chistes, curiosidades e historias alrededor de lo que se define como el más grande aporte artístico que le ha dado Estados Unidos al mundo.
Aunque fue una música que ayudó a ir contra los prejuicios raciales, porque juntó en las agrupaciones a negros y blancos, muchos directores blancos no se arriesgaban a tener negros en sus bandas, y entre los negros se veía mal que se tocara con blancos porque el jazz era música de negros.  Sonny Rollins fue criticado por tener en su grupo a Jim Hall, y Miles Davis por contratar a Bill Evans
Cuando Nat King Cole se mudó a una urbanización de blancos en Los Ángeles, los vecinos comenzaron a reunir firmas contra "vecinos indeseables". Cole pidió la lista para firmarla también porque tampoco quería vecinos indeseables. La mismísima Bessie Smith murió porque después de un accidente automovilístico fue rechazada en un hospital de blancos y en la búsqueda de otro centro asistencial se desangró. 

De la Smith, Louis Armstrong cuenta que una vez un tipo le pidió cambiar un billete de 100 dólares, a lo que ella se levantó la falda, sacó los billetes y le cambió el dinero. "Ese era su banco". 
De Armstrong se cita también lo siguiente en torno una entrevista:-¿No ha terminado aún su autobiografía?-¡Oh, no! Todavía. Tengo 600 páginas escritas y sólo voy por 1929.
Sobre Jelly Roll Morton, otro de los pioneros del jazz, se narra que el trombonista Zue Robertson no quería tocar una de las piezas del repertorio como Morton deseaba, por lo que sacó una pistola y la puso encima de su piano. Robertson tocó tal cual se lo estaban pidiendo.
Edward Ellington fue bautizado en su adolescencia como "Duke" (Duque), por un amigo glamoroso que vestía muy bien y siempre iba a las mejores fiestas. "Para resaltar mi compañía y amistad me dio ese título". Ellington tenía una personalidad bien particular y era muy supersticioso: no le gustaban colores como el amarillo, no regalaba ni recibía zapatos porque el receptor podía irse y no volver; temía las ventiscas y mantenía las ventanas cerradas, tenía miedo de los aviones y sólo los tomaba cuando no había otra opción; no podías entrar a su camerino comiendo maní o algo parecido ni podías silbar; no usaba un traje si se le caía un botón, no tenía reloj pero todo el tiempo quería saber qué hora era; no echaba de su orquesta a ningún músico, sino que le hacía la vida imposible o contrataba a alguien que tocara el mismo instrumento -pero mejor- y se lo ponía al lado.
Uno de sus saxofonistas tenor estrella: Paul Gonsalves, tenía problemas con el alcohol y las drogas. En una ocasión tenía que tocar un solo y él estaba dormido en el escenario. Lo despertaron, caminó sobre la tarima para ponerse al frente en el momento en el que el violinista Ray Nance acababa de intervenir y la gente aplaudía. en ese momento Gonsalves despertó y creyó que los aplausos eran para él, así que, convencido de que ya lo había hecho, regresó a su sitio sin tocar el solo.
A otro saxofonista: Charlie Parker, le pusieron el apodo "Bird" (pájaro) después de que el carro en el que iba atropelló a una gallina. Le dijo al chofer que regresara para buscarla y comérsela. Parker no asistía a los ensayos. Aparecía dos o tres minutos antes del concierto, le echaba una ojeada a sus partituras y cuando subía el telón ahí estaba tocando el tema como si le perteneciera, incluso incorporando nuevas ideas.

“… Homer, dijo Langley, quiero hacerte una pregunta. Hasta que empezamos a poner discos en los bailes, la verdad  es que presté poca atención a las canciones populares. Pero son de lo más poderoso. Se te quedan en la cabeza. ¿Qué convierte una canción en canción, pues? Aunque le pusiéramos letra a uno de tus estudios o preludios o cualquiera de esas otras piezas que te gusta tocar, seguiría sin ser una canción, ¿no? Homer, ¿me escuchas?
   Una canción suele ser una melodía muy simple, contesté.
   ¿Como un himno?
   Sí.
   ¿Como Dios bendiga América?
   Por ejemplo, sí, dije. Tiene que ser simple para que cualquiera pueda cantarlo.
   ¿Así que es por eso? ¿Homer? ¿Así que es por eso?
   Además, mantiene un ritmo fijo, que no varía desde el principio hasta el final.
   ¡Tienes razón!, exclamó Langley. No había caído.
   En las piezas clásicas hay múltiples ritmos.
   En las letras también hay arte, comentó Langley. Las letras son casi más interesantes que la música. Destilan las emociones humanas hasta su esencia. Y plantean cuestiones profundas.
   ¿Como por ejemplo?
    Pues pongamos esa canción donde él dice que a veces está contento y a veces triste.
   “… mi ánimo depende de ti.”
   Sí, ésa, pues… ¿y si ella dice lo mismo al mismo tiempo?
   ¿Quién?
   La chica, o sea, ¿y si su ánimo depende de él al mismo tiempo que el ánimo de él depende de ella? En ese caso, prevalecería una de dos circunstancias: quedarían trabados en un estado inmutable de tristeza o felicidad, y en tal caso la vida sería insufrible…
   Mala cosa. ¿y cuál es la otra circunstacia?
   La otra circunstancia es que si al principio están desincronizados, y dependen de sus ánimos respectivos, se produciría entre ellos una corriente de estados de ánimo en continua alternancia, del sufrimiento a la dicha y viceversa, de manera que ambos acabarían enloqueciendo por la inestabilidad emocional del otro.
   Entiendo.
   Por otro lado, está esa canción sobre el hombre y su sombra.
   Yo y mi sombra.
   Esa misma. Él va por la avenida sin nadie con quien hablar aparte de su sombra. Ahí vemos el problema opuesto. ¿Te imaginas un universo así, sin nadie con quien hablar excepto tu sombra? Ésa es una canción salida directamente de la metafísica alemana.
   En ese momento un borracho empezó a llorar y gemir. Enseguida se elevaron otras voces para ordenarle que callara. El bullicio cesó tan deprisa como se había iniciado.
   Langley, dije. ¿Yo soy tu sombra?
   En la oscuridad permanecí atento. Tú eres mi hermano, dijo…”

Fragmento sacado del fantástico libro de E.L. Doctorow que me llegó este verano gracias a una recomendación.

P.D. Para el que quiera seguir con el aniversario del 11-S debería ver la que creo que es la mejor película que se ha hecho sobre el atentado, “United 93” (está en la Biblioteca). Dice mucho más que la mayoría de reportajes que han aparecido y consigue transmitir la angustia  y emotividad del acontecimiento sin el exceso de patriotismo que suelen destilar  los americanos en estos casos.


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