Lady Vengeance

El cine es un perfecto laboratorio que puede servir de escenario en el que llevar a cabo ciertos experimentos que en la vida real tendrían consecuencias desastrosas. Hablo del cine como un lugar aséptico en el que forzar las emociones y sus hipotéticas consecuencias hasta el extremo.

Una de esas emociones a explotar es la venganza. Y una muy particular manera de hacerlo viene de la mano del cine coreano.

En los últimos años, este país oriental nos ha propuesto una serie de historias cuyo núcleo argumental gira en torno a la venganza, exhibiéndola como un poderoso sentimiento capaz de canibalizarnos por completo. De todos modos, las historias presentadas en estas películas tienden a mostrar un concepto de la venganza un tanto chocante para nosotros, los occidentales. Parece como si esta reacción violenta ante la violencia estuviese profundamente arraigada en el imaginario oriental. No se duda de su legitimidad; simplemente se desarrolla ante nuestros ojos con una cierta frialdad llena de perversa lógica: como un proceso necesario e inevitable. Los tribunales no hacen su aparición en ningún momento: es el agraviado el que planea y ejecuta su propia venganza con resultados dispares. La policía sí tiene cierto protagonismo en alguno de estos films, casi siempre caracterizada por una incompetencia que insufla comicidad al conjunto.

La venganza es ejecutada a través de una inusitada violencia, a veces poética, que se detiene en lentos planos donde el color arrebata el protagonismo y convierte la escena en una loa a la crueldad y al ensañamiento. Una violencia a la que asistimos llenos de esa lógica que ha ido calando en nosotros, sin dudas, sin escalofríos. Una violencia por la que rara vez sentimos repulsa, más bien deleite estético. Aquí el plato se sirve lleno de una épica visualmente irresistible y nos coloca a un paso del papel de estetas.

La más famosa de las venganzas coreanas quizá sea Old Boy, situada en la mitad de una trilogía que el director Park Chan-Wook completó con Sympathy for Mr. Vengeance y Sympathy for Lady Vengeance. La trilogía está dedicada enteramente a la venganza y ésta baila en ella a un ritmo cadencioso, llevada suavemente por los arreglos de temas clásicos que pueblan sus bandas sonoras. Lo original en estas tres grandes escenas es la dosis de surrealismo que imprime Chan-Wook y que las aleja de propuestas más convencionales dentro del universo coreano.


Estas propuestas más cercanas al realismo, pero, con todo, llenas de esa particular atmósfera que las diferencia del cine occidental, nos encontramos tres propuestas principales:

Memories of murder (2003) de Bong Joon-ho: aquí la comedia se da la mano con la violencia en un cóctel difícil de digerir para muchos. Marcó la pauta para un buen número de películas coreanas que imitaron, con mejor o peor fortuna, su fórmula.



The Chaser (2008) de Na Hong-jin: hija directa de la anterior, el novel director nos propone una figura vengadora alejada de la nobleza que dicta el estereotipo. En este caso, el vengador resulta un personaje desagradable, con el que sería extraño empatizar en cualquier otra circunstancia.



I saw the devil (2010) de Kim Ji-woon: la propuesta más violenta y salvaje de todas las nombradas. No tiene reparo alguno en mostrar con toda crudeza el proceso degenerativo de la venganza: arrastrada en el tiempo, servida en varios platos, como uno de esos menús sin fin compuestos por pequeños bocados.


En la biblioteca podéis encontrar Memories of murder y Sympathy for Lady Vengeance si queréis experimentar un género casi propio dentro del cine oriental: la poética de la violencia al servicio de la sed de venganza.




     Hasta hace muy poco creía que Ismael Serrano era el típico cantautor que, parapetado tras su guitarra, cantaba un tema tras otro sin mirar al público, sin saludarlo, casi sin apenas respirar. Una seguidora incondicional suya muy cercana a mí, me había explicado orgullosa hace poco tiempo, que vivía en el más grande de los errores y por si yo era de esos que suscriben las palabras de Santo Tomás, me dio la oportunidad este fin de semana de convencerme definitivamente de mi error. Efectivamente, Ismael no es un cantautor al uso, no es ni siquiera un cantante al uso. Ismael es un contador de historias, unas con música (esas ya las conocía) pero otras  (maravillosas) que sólo cuenta con palabras a los que se acercan a sus conciertos. Como diría un conocido mío, Ismael “ha encontrado su voz para contar”. Su voz para cantar la encontró hace mucho pero también ha encontrado la forma en la que quiere acercarse a su público. El madrileño es un cantante al que le gusta el directo, y se nota, porque lo concibe con mimo como un gran espectáculo, en el mejor sentido del término.
        Visitamos a Ismael en su “casa”, la que se construyó en el Price, un lugar siempre acogedor para mí, y nos recibió, a pesar del caos que siempre trae implícito un traslado, encantado y (para mi sorpresa) elegantísimo. Cerraba después de un año su gira “Acuérdate de vivir” y por eso, este concierto era especial, y además, jugaba en casa, no lo digo sólo por el decorado, sino porque Madrid, su ciudad, le quiere y le respeta mucho, y eso se notaba en las gradas. Supongo que todos vosotros, si sois seguidores de algún grupo o cantante y habéis tenido la oportunidad de acompañarle en el arranque o en el fin de gira, sin duda, estaréis conmigo en que es un momento especial. El concierto estuvo hecho a medida de la ocasión: adaptó el escenario y todas las introducciones a este “fin de fiesta” y cambió el repertorio. Y es que Ismael disfruta con el directo y por eso lo elabora mucho y permite que su público disfrute y comparta este momento con él (que les pasa en un suspiro a pesar de las casi cuatro horas que estuvo en el escenario), invitándole cálidamente a que cante con él desde la primera canción. ¿Por qué razón elabora tantísimo sus conciertos un artista que parece más centrado, eso creía yo, en la música que en la imagen? Quizá Ismael crea y re-crea esta ficción meticulosamente pensada y sentida porque es un gran tímido (tan tímido como rápido en dar respuestas inteligentes y divertidas a los espontáneos) y, en vez de parapetarse en su guitarra como yo creía, se protege en sus historias, en el poliédrico mundo de su vecindario en el que todo se comunica. Por eso, quizá aún hoy, después de 15 años de carrera se sigue poniendo nervioso en la primera canción, según me cuentan aquellos que le tienen estudiado hasta el último milímetro. Quizá es porque sigue disfrutando del acto de cantar y cantar para otros y es una forma de agradecer, supongo, todo lo que el público le ha aportado en esta larga carrera.
           Sus historias, como sus canciones, son pequeños poemas de lo cotidiano, reflexiones de una mirada observadora y comprometida de la realidad. Sigo diciendo, que prefiero al Ismael contador que al cantante, pero aún así, ha sido un placer descubrir a este cantautor vitalista, optimista y romántico y escucharle “en stereo” durante cuatro horas y contemplar al “cuentacuentos maravilloso” del que ya me habían hablado y  conocer a un profesional que concibe el concierto como un espectáculo total, en el que todo encaja, elaborado, que aporta tantísimo en forma y en fondo a los que se paran a escucharle.

Nota importantísima: absténganse de verle en directo todos aquellos que vayan a los conciertos exclusivamente a escuchar canciones. 
Discos de Ismael Serrano que puedes encontrar en la Fonoteca:
Atrapados en azul (1997)
La memoria de los peces (1998)
Los paraísos desiertos  (2000)
La traición de Wendy (2002)
Naves ardiendo más allá de Orión (2005)
Sueños de un hombre despierto (2007)




En la cuerda floja

Philippe Petit, era funambulista que hacía juegos malabares en Montparnasse, Un hombre pequeño y pelirrojo, vestido de negro y con una sonrisa inmensa que había apostado por sacarle todo el jugo a la vida.
Sin permiso, había tendido un cable entre las torres de la Catedral de Notre-Dame y caminado entre ellas, lo que le costó ser arrestado por la policía y acabar un tiempo en la cárcel.

El 7 de octubre de 1974, el “pequeño” Petit caminó, sobre un cable de acero, entre las torres del World Trade Center manteniendo en vilo, durante 40 minutos, a miles de espectadores que no daban crédito a lo que veían sus ojos.
Durante semanas, subió y bajó por las torres para estudiar su hazaña. Burló a vigilantes, empleados, y directivos y, junto a un grupo de amigos y “secuaces” y, después de un intento fallido que le obligó a volver a Francia y replantearse su aventura, tendió por fin un cable entre las dos torres una mañana gris de otoño.
La policía que acudió, ante la alarma de los espectadores, fue testigo privilegiado de aquel paseo por las nubes del francés, que no se limitó a caminar sobre el cable, sino que bailó, se tumbó a mirar a una gaviota, y disfrutó yendo y viniendo sin hacer caso a las advertencias de los agentes.
La altura era tal, que la gente no podía ver el cable, y lo único que veían era la pequeña silueta de un hombre que parecía suspendida en el cielo.


Cuando al fin bajó y fue detenido, la policía le preguntó: "¿Por qué lo hizo?", "Para que vuelvan a mirar al cielo", contestó Philippe .
En 1980, el escritor Paul Auster lo conoció personalmente y descubrió en él a un escritor de poemas y relatos sobre sus aventuras en Notre-Dame y en el World Trade Center, guiones de cine y un pequeño libro sobre equilibrismo. Según le contó él mismo, hasta una veintena de editoriales habían rechazado sus manuscritos. Finalmente Paul logró dar a la luz On the high-wire,el primer estudio sobre equilibrismo, "una especie de parábola, un viaje espiritual en forma de tratado".
La acción de Petit sobre las torres había pasado de ser única a ser irrepetible y adquiría una dimensión extraordinaria. Al fin y al cabo, de aquella soberbia materialista, de aquel desafío babélico, sólo quedaba la hazaña del espíritu, el poema inútil y efímero escrito en un espacio ya desaparecido. La inclusión de Petit al lado de otros grandes poetas y escritores, también funambulistas, como era Paul Celan, fue una verdadera premonición de Auster (1).

En 2008, el director James Marsh, decidió llevar las hazañas de Petit al cine y tomó el texto de Paul Auster para realizar el guión de uno de los mejores documentales que se han realizado en los últimos años: Man on WireInquietante, poético, divertido y cautivador, es imposible no quedar atrapado en su magia y su fuerza desde los primeros instantes.


(1) CÉSAR ANTONIO MOLINA  El País 17/06/2006


Clicky Web Analytics