La historia de cuatro británicos musulmanes que planean un atentado en Londres se convierte en una bomba que explota en la cara del demonio occidental que nos domina: el discurso políticamente correcto. La onda expansiva revienta, de paso, el fanatismo absurdo que lleva a ciertas gentes a encintarse con explosivos esperando que su acción les lleve al paraíso en bussiness class.
La explosión que Morris provoca no deja títere con cabeza. Caen bajo la metralla el fanatismo musulmán - representado por los incompetentes jihadistas- y la policía británica, que con igual incompetencia trata de contrarrestar la macabra idiotez de los primeros. Literalmente vuela por los aires las motivaciones de los mártires a base de reducir sus argumentos al absurdo y les infantiliza para presentarlos como retoños jugando con un fuego purificador que les desnuda en toda su imbecilidad.
La película transcurre entre exquisitas brutalidades llenas de humor negro y unos diálogos que recuerdan en ocasiones a los Monty Phyton, cuyo espíritu sobrevuela la cinta. Cuervos-bomba, hombres-bomba disfrazados de tortuga ninja, ovejas víctimas de atentados involuntarios, policía inepta que tiene problemas para diferenciar un wookie de un oso.
No recomendada para mentes débiles y cerradas, supone un admirable atentado contra la común forma de hacer cine que impera hoy en día. Sin miedo a levantar pasiones en contra ni a escocer, Morris hace gala y reivindica una manera de hacer crítica humorística necesaria en estos días en los que se nos repite como un mantra eso de "Nunca olvidar" -que hay que pronunciar con cara de concentración trágica-, de héroes de uno y otro lado, envueltos en una carrera criminal llena de nauseabunda y abundante propaganda. Se ríe y pone en solfa a todos con la estupidez humana infinita como bandera de sus actos.
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