
La Ley de la Calle de Francis Ford Coppola cuenta la historia de Rusty James, un adolescente inadaptado al que le gustaría revivir el viejo espíritu de las bandas juveniles, y ser como su admirado hermano: “el Chico de la moto”. Pero es mucho más que una historia sobre adolescentes marginales sin futuro y abocados a una violencia sin razón. Hay mucho más que la fascinación de Rusty por su hermano mayor. Entre otras, es una historia sobre la búsqueda de la identidad personal y de un lugar al que pertenecer y en el que ser aceptado. Y también sobre el paso del tiempo: la negación o su fugacidad, apresada en planos rodados en cámara rápida y a través de los muchos relojes que aparecen a lo largo de la película. El título original, Rumble fish, hace referencia a los peces luchadores de Siam. En la tienda de animales están en una pecera compartimentada, separados, para evitar que luchen entre ellos. Son la única nota de color en una película rodada en blanco y negro. El Chico de la moto se siente atraído por ellos y se pregunta cuál sería su comportamiento si estuvieran en el río, con suficiente espacio y libertad de movimiento.
Hay sobre todo dos razones por las que yo calificaría “La ley de la calle” como una de ésas películas que hay que ver. Una, basada en los aspectos técnicos: el guión me parece una muy buena adaptación de la novela de Susan E. Hinton, quien colaboró estrechamente con el director; la fotografía en blanco y negro salpicada solo por el color de los peces, con un delicado y sugerente juego de luces y sombras, de primeros planos y cambios de enfoque...; el excelente reparto: Matt Dillon (Rusty James), Mickey Rourke (Chico de la moto), Dennis Hopper (padre de ambos), Diane Lane (Patty), Nicolas Cage (Smokey), Tom Waits (Benny), etc; la música, una trepidante banda sonora compuesta por Stewart Copeland, basada principalmente en la percusión, y que se ajusta a la perfección a la narración de Coppola; el tempo pausado en el que se desarrolla la historia,...
La segunda es más emocional: me encanta Mickey Rourke en su papel de Chico de la moto, al que los demás consideran un loco, pero... "hasta las sociedades más primitivas sienten un innato respeto por los locos". Me "enganchó"desde el primer momento. Para mí, ésta es una de sus mejores interpretaciones, por no decir la mejor. Un personaje atractivo y enigmático que dice ver las cosas "como una televisión en blanco y negro, con poco volumen", con el peso de ser para los otros un líder que ya no quiere ser. Cuando Rusty le pide que vuelva a liderar la banda el contesta: "Si diriges a la gente tienes que tener a donde ir". . .
- Rusty: Me gustaría que hablaras normal, no entiendo ni la mitad de lo que dices.
- Padre: Tu madre no está loca y tampoco, contrariamente a la creencia popular, lo está tu hermano. Sólo está fuera de su papel. Ha nacido en mal momento, en la mala orilla del río..., con la habilidad que tiene para hacer todo lo que le apetezca..., no encuentra nada de lo que quiere hacer. Nada

- Padre: Reza para que no sea así
La primera vez que vi “La ley de la calle” fue en una sesión golfa y, sinceramente, ayudó a crear el “ambiente” propicio. No es lo mismo salir del cine y encontrar gente, luz y ruido, que encontrarte entrando en la madrugada y recorrer calles desiertas y silenciosas mientras se saborean y cometan imágenes y escenas. De hecho, nos dejó tan buen sabor que, al día siguiente, volvimos a verla, porque pensamos que no iba a durar mucho en cartelera. Pero duró, y no sólo en el cine. Se convirtió en una de mis películas favoritas, de ésas que no me canso de ver, porque cada vez que la veo descubro algo nuevo. Prueben.
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En 1975 Stanley Kubrik rueda, sin duda, la que es su obra más singular y ambiciosa: “Barry Lyndon”, la excelente adaptación a la pantalla de la novela homónima del escritor británico William Makepeace Thackera. Un film indispensable si se quiere comprender la historia del “séptimo arte”. Una pieza excepcional y terriblemente innovadora en el apartado técnico y sublime en el desarrollo estético y formal.
Kubrick se sirve de la pintura inglesa del siglo XVIII como gran fuente de inspiración visual, para la construcción del momento en el que se desarrolla la historia. Las pinturas de Reynolds, Stubbs, Watteau y Constable, entre otros, se convirtieron en referencias vitales e indiscutibles de su film. Y es así como en la búsqueda de la máxima verosimilitud, Kubrik decide grabar las escenas con iluminación natural. Una iluminación que en el caso de las escenas de interiores se vera reducirá a la luz de la velas de cera de abeja, similares a las que se utilizaban en la época. Para llevar a cabo este complicado propósito Kubrick recurrió a
Os dejamos este estupendo enlace que ayuda a entender mejor de lo que hablamos. Un excelente video que nos acerca la maravillosa relación que Kubrik consigue establecer entre su obra y la pintura del siglo XVIII.
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El cine, además de arte, es un negocio. Y muchas veces ha buscado aprovechar este deporte de masas para hacer caja e intentarnos mostrar su cara más emocionante y sentimental. Fracaso total. No han podido. "Evasión o victoria" se acercó mínimamente pero cualquiera que ha dado unas patadas al balón sabe que el más mínimo parecido con la realidad es pura coincidencia.
Si como se comenta estos días, el éxito del fútbol dependiera del buen rollo, de tener "valores", de humildad y no sé cuántos adjetivos grandilocuentes más (yo diría grandilocuentos) que en el fondo no dicen nada, el cine ya nos habría conmovido con innumerables epopeyas (y en fútbol la Hermanitas de la Caridad y algunas ONG's serían imbatibles).
El problema para el cine es que el fútbol no es tan simple y sencillo como parece creer todo el mundo. Es un deporte demasiado enrevesado y difícil. No me enrollaré y daré sólo un par de detalles. Al contrario que el resto de deportes, se utilizan los miembros inferiores para dominar el balón cuando los pies es la parte del cuerpo con la que menos destreza tenemos, el pecho para controlarlo y ya no digamos la cabeza para golpearlo. Realmente el fúbol es un juego de inteligencia en el que absolutamente todo debe aprenderse y repetirse miles de veces para automatizarlo (Cruyff dedicaba de 5 a 6 horas diarias en su niñez a la práctica del fútbol). Además, el futbolista es sólo una pieza dentro de un complejo tablero de ajedrez en el que debe moverse de acuerdo con los compañeros con tal precisión que el error de uno puede invalidar los aciertos de los otros diez compañeros (en el Mundial de México 86, donde Maradona fue el mejor jugador, sólo tocó la pelota en la final durante 1 minuto y 38 segundos).
Mientras el cine no aprenda éstas y otras máximas nunca podrá hacerse una buena película de este deporte. De momento el fútbol ha demostrado que es capaz de hacernos felices por unos días. El cine (aunque no es poco) sólo por unas horas. Gana el fútbol, así que quien ponga al cine por delante lo hará por atrevimiento producto de la ignorancia.
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