Después de una época de reiteradas oportunidades al cine actual que dieron como resultado una gran número de estrepitosos desengaños, me agarré cual salvavidas a una máxima expuesta por alguien cercano: “Los clásicos nunca te decepcionan”. Ante semejante y rotunda afirmación, decidí comprobar la certeza de dicha aseveración por mí misma, y yo, que me sacrifico en pos de cualquier causa digna, comencé a buscar con anhelo en las estanterías de la biblioteca títulos que se convirtieran en pequeñas lucecillas al final de mi particular túnel. No fue difícil encontrar una variada oferta y, no sé por qué, quizá por el amargo sabor de boca y la desazón que me había empujado a dedicarme en cuerpo y alma a esta comprobación empírica, comencé por la comedia.
Y he de comunicaros que, en el tiempo que llevo dedicado a esta (digna) tarea he descubierto algunos aspectos reveladores que quiero compartir con vosotros (¡Lo siento!):


En primer lugar, me han invadido oleadas de nostalgia REdescubriendo estas antiguas películas, y digo redescubriendo, porque he vuelto a visionar películas vistas casi en la infancia de las que sólo recordaba ciertas imágenes. Entonces fui consciente, y di gracias a mi siempre inquieto progenitor y, aunque me pese mucho, muchísimo, también le di gracias (mentalmente, eso sí) a Jose Luis Garci, porque todas esas películas en blanco y negro que veíamos en casa los lunes en el programa de marras y aquellas que descubría con mis hermanos por casualidad la televisión a lo largo de mi adolescencia, eran grandes clásicos de la comedia, obras de los mejores directores, títulos de referencia, y lo que es más importante, películas estupendas. Ahora resulta casi imposible creer que al zapear vamos a encontrar al maravilloso Cary Grant en “Historias de Filadelfia” o que si trasnochamos un poco se nos recompensará con algún título del gran Lubitsch y es que ahora me doy cuenta de que en cuestiones de humor he crecido viendo lo mejor. (Tengo cierta esperanza, no sé si soy una ingenua soñadora, de que con la “era de la televisión sin cortes publicitarios” vivamos una segunda época dorada del cine de calidad en televisión. Por el bien e las generaciones futuras.)

En segundo lugar, este buceo por mi pasado cinematográfico desde la consciencia de la edad adulta ha permitido que, al igual que si estudiara de nuevo los conjuntos matemáticos, en mi cabeza se agruparan películas difuminadas con los nombres de los más grandes directores del género:


Descubrí que el tierno y bienintencionado Capra era el responsable de películas tan divertidas como Sucedió una noche, Un gangster para un milagro (con un Peter Falk insuperable), Vive como quieras y Arsénico por compasión, estas dos últimas con escenas que me llegan a recordar al humor de mi adorado Jardiel. Me dí cuenta también de que H. Hawks, el rey de los dobles sentidos y responsables de peleonas protagonistas femeninas dirigió Luna Nueva y la mágnifica, aunque algo desconocida, Bola de fuego y que Cukor era el responsable de la elegante Historias de Filadelfia. Que, sorprendentemente, no era otro sino el mítico John Ford el causante de que mirara a con otros ojos a John Wayne desde que le ví en El hombre tranquilo y que La dama de armiño, El diablo dijo no, El pecado de Cluny Brown, y El bazar de las sorpresas, de las que guarda buenísimos pero difusos y muy lejanos recuerdos eran todas del genial e inimitable (aunque muchas veces imitado) Lubitch.
Después descubrí más cosas (y como lo hice a través de la risa y la lectura pues fue un proceso muy agradable):
Descubrí que gracias al nuevo sistema de productoras imperante en la industria a partir de la década de los 30, los directores no eran los únicos responsables de estas pequeñas joyas. Hombres como Billy Wilder fueron también muy culpables gracias a su labor como guionistas para los grandes directores de la época.
Que fue un gran momento para la comedia porque con la llegada del cine sonoro se aportó toda la riqueza de los diálogos y pudieron empezar a delinear psicológicamente a los personajes sin perder la fuerza del gag visual que perduraba aún de la tradición del cine mudo.
Que dentro de su envoltorio frívolo, ligero y efervescente eran el reflejo de una época minada por el crack del 29 y por los grandes conflictos bélicos y de una sociedad en la que la mujer tomaba un nuevo rol y, en consecuencia, “la guerra de sexos” se colaba en montones de argumentos.
Y que todos tienen su toque (aunque sea muy difícil de definir porque se basan todos en lo mismo pero algunos juegan sus cartas de manera diferente). Pero que, para toque, toque, el de Lubitch, al que gracias a esta ardua tarea le he descubierto con mayúsculas (y espero seguir descubriendo por mucho tiempo).


Os invito desde aquí a que os dejéis seducir por las grandes comedias de los años 30 y 40, que podéis encontrar en las estanterías de nuestra Videoteca, que son un valor seguro para pasar un rato disfrutando de verdad. Estaríamos encantados de que también vosotros nos hagáis saber quienes, directores y también actores son los que más os gustan.

Lhasa de Sela falleció el 1 de enero de 2010 en su casa de Montreal, a consecuencia de un cáncer. Tenía sólo 37 años.



Lhasa nació cerca de Woodstock (Nueva York) en 1972 y pasó su infancia recorriendo carreteras de México y Estados Unidos en un viejo autobús escolar convertido en hogar. Hija de un profesor y escritor mexicano y de una fotógrafa estadounidense, creció escuchando a Violeta Parra, Chavela Vargas, Billie Holiday, Amália Rodrigues, Maria Callas... Siempre le atrajo la música triste, confesaba.
Desde los 19 años vivía en Montreal: "Es una ciudad que me sienta bien, me da energía, me calma. Estoy rodeada de gente creativa, con muy poco ego, con la que resulta fácil trabajar. Y se puede crear tranquilamente. No hay estrés. Canadá es un país enorme con una población pequeña y eso se nota en la comunidad de músicos. No necesitas pelearte para tener tu espacio". Lhasa es una artista que teje con su voz un universo poético guiado por su carisma, su integridad, sus convicciones. Sus interpretaciones vibrantes y apasionantes la llevaron por todo el mundo, de México a Estambul. Sus canciones figuran en la banda sonora de muchos films y programas de televisión, tales como The Sopranos o el documental de Madonna "I am because we are".


Su primer álbum, La Llorona, aparece en 1997. Escapando a cualquier definición, evoca una América Latina a la vez real e imaginaria, fruto de la memoria de una infancia itinerante en el vaivén de los caminos de México y Estados Unidos. La música nos aparece como única y familiar, mezcla de rancheras y melopeas zíngaras, country y canciones populares, junto a textos profundamente íntimos, interpretados en español por una voz cálida y potente.


The Living Road (2003) es su segundo álbum, donde Lhasa se expresa con la misma naturalidad en español, en francés o en inglés, se muestra directa, verdadera y sin compromisos en todos esas lenguas, con las que nos lleva de una dulce y femenina ranchera a un emocionate gospel, o de un intenso blues a una tierna canción de cuna, con el mismo carisma y la misma convicción.


En 2009 edita su tercer álbum, Lhasa. Grabado y realizado a antigua usanza, en él la música está viva, vibrante, desplegándose cual si no se entregara. La elección de los instrumentos es simple e inusitada: arpa, guitarras acústicas, guirarra de pedal steel, contrabajo, batería, piano. Los textos, escritos en inglés, son límpidos y llenos de imágenes. Las melodías son familiares, irresistibles y originales; oscilando entre country y gospel, entre blues y folk, son eternas sin ser nostálgicas, modernas sin ser artificiales. La interpretación sobria y plena de relieves de los músicos, deja todo el lugar a la voz clara y generosa de la cantante.

En la biblioteca puedes encontrar dos de sus discos: The living road y Lhasa
Aquí puedes escuchar el concierto que dió en 2004 en La Mar de Músicas, retransmitido y grabado por Radio3

Lhasa se ha ido, pero nos deja su música. "Una canción es una destilación. Igual que cuando hierves algo, se evapora el agua, y queda la esencia".

Un quinteto de lujo

Imagino, por unos instantes, que pudiera volver atrás.
A los años oscuros de las calles neoyorquinas, los años de los garitos envueltos en humo
y los sombreros de fieltro gris.
Imagino un local en un sótano, con trasiego de whiskys dobles
y un pequeño escenario de madera.
En él un quinteto perfecto.

¡Señoras y señores, Ladies and Gentleman, esta noche con ustedes, tonight with you...!




Al piano: Oscar Peterson. El pianista canadiense de portentosa capacidad instrumental, el más expresivo, el de mayor poder rítmico, el hombre que posee un sentido del blues extraordinario, el que ha tocado con los mejores músicos de jazz de todas las épocas. El más admirado, criticado y envidiado por sus colegas y, muy a pesar de muchos, el más brillante...








A la trompeta: Chet Baker. El trompetista americano seductor y atormentado. El más intimista y lírico. El pesimista de voz maravillosa, el provocador de ilusiones y desilusiones. No es el mejor, pero nadie como él ha tocado nunca la trompeta, nadie con esa capacidad de capturarnos desde los primeros acordes y dejarnos siempre con ganas de más...








Al saxo tenor y saxo soprano: John Coltrane, el músico controvertido, el más relevante y más influyente de la historia del jazz. Creativo y vanguardista su música abarca todos los grandes
estilos posteriores al bop de Charlie Parker, el desbocado, el experimentador, el religioso, el luchador por los derechos de los negros...








Al contrabajo: Charles Mingus. El músico americano con ascendencia china, británica, sueca y afroamericana y a pesar de ello con fama de racista. El compositor genial e intérprete magistral. El irascible, exigente y matón. El de tono potente y ritmo pulsante capaz de elevar el sonido del contrabajo por encima de la banda y capaz de interrumpir un concierto para reñir al público o a uno de sus músicos...








A la batería: Buddy Rich. El único batería blanco con sonido y toque de negro. El autodidacta, bailarín y cantante. El representante de swing y el bop, el más reconocido por su técnica, rapidez y habilidad en los solos el más prestigioso batería de jazz de todos los tiempos...







5 grandes del jazz reunidos en un sueño
y 5 discos, entre otros muchos, que puedes escuchar en nuestra fonoteca:

Oscar Peterson: The Silver Collection. Verve Records, cop. 1984
Chet Baker: Grey December. Capitol Records, 1992
John Coltrane. A love supreme. MCA Records, p 1995
Charles Mingus: The Unique. Acrobat, cop. 2003
Buddy Rich: Ultimate / Dizzy Gillespie. El País, cop. 2007



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