Archibald camina apresuradamente por una gran avenida gris, pomposa, mirando ora a un costado, ora al otro; nervioso. Pantalón marengo encima del ombligo, pecho amplio, espalda acerada. Su rostro avanza desde unos amplios ojos llenos de pícara infancia. Ya no ve a las mujeres que se cruzan, ni presta atención a determinados modelos de vehículo, piezas de coleccionista, tentación y vicio, decorados de su vida. Gaznate seco como un mar de tabaco.
Busca refugio en una cabina telefónica desde la que espera poder encontrar ayuda. Un trío de hombres sin rostro le rodean finalmente proyectando sus sombras a través del cristal. La puerta se abre y su manga queda atrapada por una firme mano que no pregunta. Archibald Alexander Leach. Niega ser él. Archibald Alexander Leach. A.A.L. Debate sin esperanza con los brazos que lo mantienen rígido, la cara confusa, los pies a centímetros del suelo. Suspendido en el aire clama por su identidad. Ninguna de las personas que atraviesan la escena puede dar testimonio de la verdad. Así, solo, privado de su nombre, es arrastrado hacia un coche que espera a pocos metros. La oscuridad se cierne sobre su mirada y reina el sonido en solitario. Archibald Alexander Leach cree haber sido cazado. Los secuestradores confían en que al fin han dado con él. Después de tanto tiempo.
Cada identidad nueva conlleva un proceso de crecimiento y asimilación. Más si ésta es pública y representa la única coartada del sujeto frente a todo un mundo exterior y complejo que no se detiene a considerar pequeñeces, que tiende a suponer que todo enmascaramiento tiene como motivo la sepultura y condenación de algo vergonzoso, turbio y oscuro. Cary Grant transitó este difícil camino haciendo gala de aquellas virtudes que le requería el escenario que había elegido como refugio: Hollywood.
No fue fácil vivir en la piel de una imagen modelo proyectada miles de veces hacia los cuatro puntos cardinales. No era fácil ser Cary Grant cuando, además, todo el mundo quería a o quería ser Cary Grant.
Llegó el yoga, la hipnosis, el romance místico; toda una familia de remedios insatisfactorios para curar el alma. Un negro pasadizo hacia la luz redentora que supuso el LSD. En 1938, Albert Hoffman sintetiza la sustancia por primera vez. Años después un accidente le lleva a través de los parajes lisérgicos que pronto comenzaron a tener eco en el mundo entero. Los mismos parajes que transitó Cary Grant en busca del equilibrio perdido. Así, se convierte en una de las primeras personalidades públicas en defender el uso del LSD con fines terapeúticos:
"He aprendido que todo es, o llega a ser, su opuesto. Una teoría que en ocasiones puedo aplicar, pero que sería difícil de transmitir."
Quizá esta fue la revelación que hizo casar los opuestos: CG y AAL, Cary y Archibald, pasado y presente, sombra y punto de luz. Fama y anonimato.
2 Comments:
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- Anónimo said...
8 de octubre de 2010 01:04¡Sólo por dedicarle un post a Cary Grant mereces un monumento! Una muestra más de tu buen gusto y criterio. Vivan los clásicos clásicos. Gracias.- Anónimo said...
8 de octubre de 2010 04:38No sé bien por qué,pero casi de inmediato he pensado en "Arsénico por compasión", gran película. Nunca me dió por averiguar la vida personal de Cary Grant, y de reconocer que me ha sorprendido este dato. Fíjate que en la foto parece comerse un "delicioso panchito".
