
A la hora de rodar una película se plantea la cuestión de dónde localizarla, es decir, buscar o crear el lugar físico en el que se desarrollará la historia. Dependiendo de las necesidades de la trama, las exigencias del director o productor de turno y del presupuesto puede optarse por varias vías:
- no reparar en gastos y viajar y viajar hasta encontrar el lugar necesitado, aquél que se adapta a la perfección a la película. En este supuesto, uno o varios tipos se dedican a dar vueltas por el mundo, mirar guías de viaje, atlas ilustrados, documentales sobre diferentes países, tomar fotografías de aquellos sitios que visitan, reflexionar sobre las ventajas e inconvenientes de cada rincón y decidirse finalmente por uno, algunos o todos. Esta labor puede durar meses y ya me gustaría dedicarme a ella.
- reparar en gastos y adecuarse a los lugares que más a mano se tienen. En este caso, tal vez se requiera una pequeña modificación del entorno, pero normalmente se aprovecha lo que la realidad ya ofrece porque el dinero es escaso y el agobiado director comienza a ahogar sus reparos y reticencias primeras en la inevitable resignación.
- crear el entorno artificialmente, ya sea mediante decorados construidos físicamente en el exterior y en el interior de estudios cinematográficos o a través de técnicas digitales. Esta última opción es muy socorrida en producciones de época, que narran sucesos acaecidos en tiempos pasados, y en películas de ciencia ficción, en las que a veces es complicado poner en órbita a todo un equipo técnico más los actores.
Como los seres humanos somos fetichistas y mitómanos por naturaleza (especialmente en estos tiempos que corren), nos encanta visitar aquellos lugares en los que pisó, vivió, rodó, murió, amó, lloró, escribió, etc. algún congénere famoso. De este impulso tan humano nace el denominado turismo cinematográfico, que consiste, como su propio nombre nos indica, en ocupar nuestras horas de ocio visitando lugares en los que se rodaron películas, monumentos que aparecen en ellas, casas emblemáticas que aún se mantienen en pie y que dieron cobijo en su día a un grupo de personas que decidieron hacer de ella una estrella de cine.
Un ejemplo de este tipo de turismo queda representado en el caso de la bella y hermosa isla de Nueva Zelanda. Según datos de la Wikipedia, el turismo allí creció un 30% después de que Peter Jackson rodase en ella la trilogía de El Señor de los Anillos...porque...¿quién no quiere visitar La Comarca sabiendo que es un lugar que existe en algún remoto punto del globo?
Otro ejemplo famoso lo encontramos en Túnez, país que sirvió de escenario para dar vida al desértico planeta Tatooine, lugar de origen de Anakin y Luke Skywalker. Hoy en día, los edificios usados están abandonados, pero se señaliza convenientemente que "allí" se rodó La guerra de las galaxias. También se localizó en Guatemala, Arizona y California. La aportación española llegó en El ataque de los clones, donde una modificada plaza de España de Sevilla sirvió de ocasional planeta Naboo.
Existen localizaciones exteriores particularmente emblemáticas: el Empire State Building dominado por el poderoso King Kong, la piazza veneciana de Indiana Jones y la última cruzada, el puente de Manhattan, el pueblo de Twin Peaks, el barrio londinense de Nothing Hill, la playa filipina donde una cabalgata de helicópteros atacan en Apocalypse Now, la Sri Lanka de El puente sobre el río Kwai, etc.
España ha sido el lugar elegido para grandes superproducciones de Hollywood y clásicos como El Cid, Lawrence de Arabia, Cleopatra o Doctor Zhivago. Pero el género que ha dado fama a España como lugar elegido para rodar películas es el western. Almería ha sido territorio de multitud de historias de vaqueros y su legendario desierto forma ya parte del imaginario colectivo.
Una buena base de datos de localizaciones cinematográficas es la página Famous Locations, así como el apartado de Filming Locations que se incluye en las fichas de las películas incluidas en imdb.com
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¿Quién Es Quién? (El asombroso parecido entre dos muñequitas)
0 comentarios Publicado por RUTAS en 04:21
El otro día asistí en directo a la (dolorosa) reafirmación de un nuevo tipo de cantante (y que por lo que veo amenaza con convertirse en una nueva plaga en el panorama musical): la nancy cantautora. Dícese de las lolitas que ocultan la mitad de su cuerpo con enormes guitarras acústicas que acarician desganádamente. (Advertencia: la nancy cantautora todo lo hace desganada y lastimeramente porque es muy dulce y muy tímida). Existen otros rasgos externos que, ante la ausencia de sus guitarras, nos darán la clave para reconocerlas en un escenario. Tomen nota: suelen ser morenas (porque son guapas, sensibles y delicadas pero no rubias tontas) y su larga melena la llevan recogida en una informal coleta. Imprescindible el flequillo recto, que da un aire aún más inocente. Siempre llevan falda o vestido retro y siempre siempre muy corto para que se vean sus largas y cuidadas piernas, que pueden convertirse en una buena excusa para la distracción de oyentes aburridos por un alud de canciones pseudofolkies. Tampoco faltarán los labios pintados de un rojo intenso (ingenuidad y pureza, las justas). Pero la prueba que nos hará distinguir a las verdaderas de las burdas imitadoras es que de toda la sala ella será la que aparentemente menos experiencia tenga en un escenario (aunque lleve ya un año de gira) y la que menos ganas parece que tiene de estar en él: no mira al público, habla en susurros (que, aunque muy sugerente no es nada operativo porque no se le entiende nada), no se presenta y no habla a la audiencia a no ser que sea estrictamente necesario. Alguien de la discográfica le debió de decir para convencerla en sus inicios que esto iba a ser tan sencillo y tan íntimo como cuando tocaba en soledad en su habitación y ella se lo tomó al pie de la letra.
Ni Lourdes ni Ana son las primeras compositoras-lolitas. Otras más famosas las precedieron, como la ahora muy admirada modelo reconvertida en primera dama francesa, y tememos que no serán las últimas. Ese es el problema: que se conviertan en un perfil artificial destinado a intelectuales enternecidos por sus voces suaves y sus caritas dulces, porque entonces la industria independiente no estará demasiado lejos de las radiofórmulas y las superestrellas pasajeras, dando ventaja al valor seguro sobre lo original.
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